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EL ARROYO DE LA DEGOLLADA

Manuel Castaños y Montijano

Érase los días de la gloriosa reconquista de Toledo por el victorioso rey Don Alfonso VI.

Por las retorcidas calles de la ciudad veíanse patrullas de soldados y jinetes que, a manera de policía, vigilaban todas las encrucijadas, azoteas y ajimeces, para evitar cualquier golpe de mano o conspiración de los vecinos musulmanes, así como colisiones y venganzas de judíos y mozárabes, que quisieran aprovechar la ocasión de sentirse vencedores para desquitarse de las humillaciones que durante muy largos años venían sufriendo de sus opresores; lo cual hubiera puesto en peligro los compromisos jurados por el cristiano monarca de respetarles su religión, leyes, costumbres, vidas y haciendas.

Uno de los días que patrullaba el joven y valiente capitán de mesnaderos leoneses Rodrigo de Lara, al levantar la vista para reconocer un alto ajimez, quedóse gratamente sorprendido con la presencia en él de una bellísima joven musulmana que, a cara descubierta, se asomaba, fijando en el guerrero sus expresivos y rasgados ojos.

Prendado de aquella linda muchacha, no tardó el curioso galán en hacer volver a su escolta para pasar segunda y tercera vez por debajo de aquel precioso ajimez.

Desde aquel día venturoso, no cesaba Rodrigo de rondar por aquella calleja, atraído por la agarena, llamada Zahira, hasta que pudiéndose entender con ella, logró que le diera cita nocturna a través de baja celosía, por donde hablar quedamente y sin ser apercibidos por nadie.

Frecuentadas las entrevistas, llegaron a abrir sus corazones, desarrollándose en ellos una viva pasión amorosa. Para explicarle Zahira a Rodrigo el origen de aquella, le confesó que debido a las explicaciones que una esclava cristiana le hiciera de las excelencias de la religión de Cristo, había nacido en su mente la idea de convertirse al cristianismo y de no amar en el Cielo más que a Jesús, a su Virgen Madre y a los santos, y entre éstos, con preferencia a la princesa de su linaje, la insigne Santa Casilda, cuyo nombre deseaba recibir en el bautismo; razón por la que había también decidido amar en la tierra a un caballero cristiano y valiente con quien desposarse, para que la protegiera y defendiera contra las venganzas de su feroz padre y de sus parientes, que no habían de perdonar su apostasía del mahometanismo.

— Este caballero que anhelas soy yo; y parece que Cristo, mi Señor, me ha elegido para que consigas el logro de tus deseos, hermosa Zahira, –dijo Rodrigo.

— Así lo espero. Y para que me des una prueba de ello, te ruego que desde este mismo momento me llames Casilda, –respondió ella con ternura.

— ¿Estás dispuesta a todo? –replicó él.

— A todo lo que no sea en perjuicio de mi honra; estoy dispuesta hasta a perder la vida por Cristo y por ti. ¿Me juras Rodrigo que respetarás mi honor si huyo contigo?

— A fe de caballero, te lo juro sobre la cruz de mi espada, bella Casilda.

— Pues fiada en tu leal palabra, estoy pronta. Dispongámoslo todo para la evasión.

Después de muchos coloquios y proyectos para realizar sus ensueños y esperanzas, concibieron el plan de huir hacia un cercano castillo de un pariente de Rodrigo, en cuya capilla un sacerdote, que ya estaba prevenido, la bautizaría a ella y, acto seguido, los uniría en matrimonio.

Circunstancia favorable se presentó a los amantes, con la necesidad que tuvo el padre de ella de partir para Córdoba a resolver ciertos asuntos; y todo previsto y ayudados por la esclava de Zahira, emprendieron la huida, montando la tapada dama a la grupa del caballo, ciñéndose con los brazos a la cintura del galán, quien, espoleando al corcel, le hizo arrancar veloz galope hacia el puente de Alcántara.

— ¡Alto! ¿Quién va? –gritó el centinela de la torre del puente.

— ¡Plaza al capitán Rodrigo de Lara! –contestó éste.

Reconocido por el alcaide de la fortaleza, se dejó libre el paso a la pareja, no sin oír las chanzonetas  de los soldados ante aquella insólita y amorosa aventura.

Tranquilamente proseguían los fugitivos, platicando arrullos de amor por el camino, cuando de improviso presentáronse ante ellos dos jóvenes musulmanes en sendos potros, que apostados por allí andaban, dedicados al merodeo de viandantes; y cerrándoles el paso, gritaron:

— ¡Ah, perro cristiano; por Alá, suelta enseguida esa mora que llevas cautiva, o aquí mismo morderás el polvo! Clávale Rodrigo los acicates al caballo y a rienda suelta emprende vertiginosa carrera. Precipítase por los peñascales de la vertiente del arroyo; mas, al llegar a éste, uno de los perseguidores alcanza con su cimitarra al cuello de la doncella, la cual, lanzando un espantoso alarido, cae desplomada a los pies del caballo.

Revuélvese rápidamente Rodrigo, y, arremetiendo con su lanza al asesino, lo atraviesa de pecho a espalda y lo envía a cenar con Satanás.

Acude luego presuroso a socorrer a su amada, que aún vivía; reconoce que está degollada y que son inútiles todos los auxilios humanos. Y recurriendo a los divinos socorros, se quita el yelmo, toma en él agua del arroyo y, vertiéndola sobre la cabeza de la moribunda, exclama:

— ¡Amada Casilda de mi corazón, cúmplase tu voluntad! Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. ¡Vuela, vuela con Cristo, que es el Esposo que te espera! ¡Ruégale a Él por mí! ¡Adiós!… Y aquella alma, ya purificada, salió de aquel cuerpo virginal a gozar de las dichas celestiales.

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Repuesto algún tanto de su amarga pena el desconsolado amante, sube a la cresta del cercano cerro del Bu, y desde allí grita a la guardia que a la opuesta orilla del Tajo estaba en la torre del Fierro, pidiendo socorro, el cual no tardó en llegar en una barca, en la que trasladó el cadáver, subiéndolo luego a la no lejana iglesia mozárabe de San Lucas, donde, al siguiente día, el bondadoso párroco, después de la misa de cuerpo presente, le dio cristiana sepultura.

A los pocos días, en el flamante monasterio de San Servando tomaba los hábitos87 el joven Rodrigo de Lara, quien, con autorización de sus superiores, iba todos los días a la caída de la tarde a orar en el mismo sitio en que espiró Casilda, a orillas del fatídico arroyo, que desde entonces es conocido en Toledo con el nombre de la Degollada.

Leyenda extraída del libro “Antología selecta de leyendas toledanas” por Juan Manuel Magán García