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EL GRECO DE TOLEDO

En Toledo el Greco vivió la mitad de su vida, el período más fructífero de su trabajo. Su carácter cosmopolita, la existencia de una poderosa sociedad civil y una rica vida cultural, junto con la vocación internacional de sus clases dirigentes y el inicio de grandes programas constructivos destinados a modernizar la ciudad, provocaron sin duda esta elección.

En este sentido, hay que tener en cuenta que Toledo había sido una gran ciudad medieval, la cuna del humanismo hispano gracias a su secular multiculturalismo y como tal, se había convertido en una referencia cultural y simbólica reconocida internacionalmente, al ostentar la primacía de la Iglesia española en recuerdo de su pasado como capital del reino visigodo. Sus clases dirigentes lo llegaron a ser también del reino y las modas que impusieron se convirtieron en paradigmas de una de las culturas más universales que conocemos.

Ese fue el ambiente que conoció el Greco a su llegada en 1577. Años después la salida definitiva de la Corte marca el comienzo del estancamiento de Toledo y su posterior decadencia. Sus gobernantes reaccionaron promoviendo el orgullo cívico de sus habitantes, algo en lo que nuestro artista participó de manera activa. Gracias a esto, Toledo pasó de ser la ciudad imperial que gozaba el favor de la monarquía, a la ciudad de Dios que gozaba de la protección de los santos que pintó el Greco.

Consecuencia de todo ello fue la pérdida paulatina del protagonismo cultural disfrutado, que ya era evidente a la muerte de nuestro genial artista. Una situación que todavía empeoró a lo largo del siglo XVII pero que tuvo como resultado positivo la pervivencia de una de las ciudades históricas más destacadas de Europa, tanto por la excepcional conservación de sus monumentos y paisajes como por la calidad y el significado de muchos de ellos, convertidos en símbolos universales de la cultura española.

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