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LA CONQUISTA DE TOLEDO

De Francisco de Pisa y Pedro de Rojas

Habiendo entrado los moros en España, vinieron a sujetar a su poderío casi toda ella en muy poco tiempo. Tarik, capitán general de los moros, después de haber vencido al rey don Rodrigo y ganado gran parte de España, recogió todas sus gentes para venir a la ciudad de Toledo, donde supo que se habían recogido muchos cristianos de diversas partes, como a lugar fuerte y seguro.

Y temiendo sus moradores que tampoco Toledo se podría defender del gran poder de los moros, porque tantas reliquias y cosas preciosas como en ella había no viniesen a su poder, el santo varón Urbano, arzobispo de Toledo, habido su acuerdo con el infante Don Pelayo y con otras personas, determinaron de irse a las Asturias y llevar consigo la sagrada vestidura que Nuestra Señora dio a San Ildefonso y las obras que él compuso y las de San Julián, arzobispo, juntamente con los cuerpos santos que en esta ciudad había, en que se muestra su gran religión y reverencia a los santos y a sus reliquias. Y llevaron de esta ciudad una arca llena de reliquias que en ella estaban, la cual fue hecha en la ciudad de Jerusalén por los discípulos de los apóstoles. Y por el arzobispo Urbano y el infante Don Pelayo fueron llevadas a las Asturias, trayéndolas de lugar en lugar, según la persecución lo demandaba, y fueron finalmente puestas en la ciudad de Oviedo, en la Cámara Santa, adonde son tenidas en gran veneración.

Tarik, que, como hemos dicho, venía con toda su gente contra esta ciudad, llegó a poner su real muy cerca de ella; y después de muchos combates, en que murieron muchos de ambas partes, los de la ciudad, con la fortaleza de su sitio y muros, resistieron algunos meses a los moros.

Mas, al fin, fueron vencidos en algunos reencuentros. Los cristianos, viéndose con pocas fuerzas y sin caudillo, y que ya la mayor parte de España estaba en poder de moros, trataron de darles la ciudad a conciertos; y el trato fue concluido entre ellos con ciertas condiciones.

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En esto de la toma de Toledo por los moros hay opiniones de cronistas antiguos que la achacan a traición de los judíos que en la ciudad había, en esta forma. Como los cristianos, el Domingo de Ramos, por solemnidad de aquel día saliesen, según tenían de costumbre, fuera de la ciudad, a la iglesia de Santa Leocadia, a oír la palabra de Dios, los crueles judíos que aquí moraban se habían puesto de acuerdo con los moros de cerrar aquel día las puertas de la ciudad a los cristianos y abrirlas a los moros. Y así lo cumplieron de hecho, porque, viniendo los moros, les dieron las puertas de la ciudad abiertas; y de allí, saliendo a los cristianos, como los hallaron sin armas, desapercibidos y descuidados de tan peligrosa venida, a muchos los pasaron a cuchillo. Y esto hecho, Tarik dejó poblada la ciudad de moros y judíos que con él traía.

Mas, aunque aquello bien pudiera haber sucedido, los más de los cronistas son de la opinión que viéndose los de Toledo sin cabeza y sin caudillo, se rindieron a Tarik y se vinieron a dar no por fuerza, sino por concierto, capitulando que los cristianos pudiesen vivir libremente en su ley, y los que quisiesen ir fuera de la ciudad lo pudiesen hacer libremente con sus bienes, y que a los cristianos les fuese permitido juntarse en las iglesias y ser regidos en la fe y religión cristiana por sus obispos y sacerdotes; y para este efecto les quedaron en la ciudad seis iglesias parroquiales, que duran hasta hoy; conviene a saber: la de Santa Justa, San Lucas, Santa Eulalia, San Marcos, San Torcuato y San Sebastián.

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Refiere el caso de la traición de los judíos en la toma de la ciudad de Toledo por las tropas musulmanas el Padre Higuera en su Historia y cita a Isidoro, obispo de Badajoz, que la trae en la suya, en cuyas páginas, según declara el Conde de Mora, se dice que los judíos que en Toledo estaban enviaron sus embajadores a los generales sarracenos, prometiéndoles entregar la ciudad el Domingo de Ramos, nueve de abril, que aquel año 711 de Cristo fue la Pascua del Cordero, y que abrirían la puerta que ellos guardaban, que era la de su arrabal, llamada del Cambrón, lo cual sería fácil de ejecutar, a causa que los cristianos iban aquel día por la mañana con su acostumbrada devoción en procesión desde la Iglesia Mayor a la del Sepulcro de Santa Leocadia, saliendo por la dicha puerta del Cambrón, y bajando por la Vega, hasta entrar en aquel devotísimo templo, donde celebraban esta solemne fiesta; y los cogerían desarmados y podrían pasarlos a cuchillo y hacerse dueños de la ciudad, que ellos cumplirían lo que ofrecían, con que les dejasen vivir en su ley, respetándoles las vidas y haciendas, y la celebradísima sinagoga que los primeros hebreos que vinieron a Toledo labraron en esta ciudad y ellos poseían al presente.

Los árabes no se fiaban del todo de aquellos canallas judíos, por parecerles que los que eran traidores a su ciudad lo serían también a ellos; mas no despreciaron la propuesta.

Para mayor disimulo y que los toledanos no se recelasen, usaron los árabes de una astuta estratagema; ésta fue quemar sus barracas y las casas que estaban en el campo junto a su campamento, y retirar su ejército. Los toledanos, que ignoraban la traición que les esperaba, juzgaron que los enemigos levantaban el campamento y se iban; con que el domingo siguiente fueron los cristianos por la mañana muy contentos a la Iglesia Mayor, de donde salió la procesión de Ramos con mucha gente eclesiástica y seglar. Los judíos entonces hicieron una humarada, seña concertada con los árabes que la aguardaban emboscados; en viéndola salieron y los judíos les entregaron la puerta, según habían planeado.

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Poco después de apoderados los moros de esta ciudad, Muza, el gobernador de África, después de haber recorrido muchas ciudades de España, vino a esta ciudad donde Tarik, su capitán general, prósperamente residía. Y entrando en ella, vista su grandeza, hubo de él gran envidia, por la honra que se seguía de haber ganado una ciudad tal como ésta. Y deseando menoscabarle, comenzó a tratarle ásperamente, pidiéndole cuenta de los tesoros que en ella y en otras partes había habido, y de cierta mesa de esmeralda de extraña grandeza y precio inestimable. Y aunque se la dio y también los tesoros, todavía no dejó de haber envidias y enemistades. Y así, el mismo Muza, por deshacer la memoria de Tarik, hizo concierto con los cristianos que habían quedado en Toledo, que desde en adelante tomasen por apellido llamarse muzárabes31, en memoria de su nombre, que era Muza Árabe o Alarabe; y porque así lo hiciesen, les concedió y confirmó de nuevo todas las libertades que Tarik les había otorgado, con más otros particulares privilegios. Y por esta razón se llamaron muzárabes los cristianos que en esta ciudad quedaron.

Aunque, según otras opiniones, el nombre muzárabe vino de “mixti árabes”, que quiere decir mezclados con los árabes.

Leyenda extraída del libro “Antología selecta de leyendas toledanas” por Juan Manuel Magán García