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LA CUEVA DE HÉRCULES

Restos arqueológicos de la denominada Cueva de Hércules. Sótano de una vivienda del callejón de San Ginés.

Conocida cosa es que los godos, que en un tiempo eran muy devotos y guardaban la ley divina, a causa de la prolongada paz que habían tenido y de la grande abundancia de riquezas, comenzaron a olvidarse de Dios y a darse a los vicios, renegando de la santa fe católica que antes tenían. Y entre otros muchos que en España cayeron en este error fueron los moradores de esta ciudad de Toledo, que, olvidados de los beneficios recibidos de Dios, abandonaron el camino de la virtud; por lo cual fue justo que no quedasen sin el azote y duro castigo que recibieron por sus grandes pecados.

Y todos estos males y daños sucedieron en España por las malas y corruptas costumbres del rey Witiza, cuya vida dicen que fue tan mala que bastó su ejemplo para corromper las vidas y costumbres de todos los suyos, provocando con ello la ira de Dios contra este reino por sus malas obras.

Este rey Witiza acabó siendo aborrecido de todos. Ocho años después de ocupar el trono vino contra él don Rodrigo, nieto del rey Cindafundo, el cual en una batalla que con él hubo le venció y prendió; y, después de preso, le hizo sacar los ojos y poner en prisión, adonde acabó sus tristes días.

Don Rodrigo, último rey de los godos, fue coronado viviendo aún Witiza; y, aunque al comienzo de su reinado se mostró leal con sus súbditos, no fue diferente en los vicios a su antecesor Witiza; antes, con su mal vivir y corruptas costumbres, acabó de corromper lo que había quedado sano.

De este rey Don Rodrigo escriben nuestros cronistas que hizo abrir la cueva de Hércules, que otros llaman palacio o torre, pensando, según las grandes y fuertes cerraduras que tenía, que había dentro de ella grandes tesoros.

Las trazas y detalles de la profanación del Palacio o Cueva de Hércules por el codicioso rey Don Rodrigo fueron por muchos y muy diversos cronistas recogidos, dando cada cual su versión de lo ocurrido, como adelante se verá.

Cuenta Aben Habib que cuando entró Muza en Toledo pasó a una casa en la cual había veinticuatro candados, porque siempre que entraba a reinar un monarca ponía en ella un candado, como lo habían hecho sus antecesores, hasta que llegó a ocupar el trono Rodrigo, en cuyo tiempo fue conquistada España.

Dice que oyó contar a sus mayores que pocos días antes que comenzara la conquista, dijo Rodrigo: “¡Por Alá! No moriré con el disgusto de esta casa y sin remedio he de abrirla, para saber qué hay dentro de ella.” Reuniéronse los consejeros reales y le dijeron: “¿Qué pretendéis con abrir esta casa? Si necesitáis oro, nosotros os daremos tanto como penséis hallar en esa casa, a condición de que continúe cerrada su puerta.” Mas Rodrigo no se conformó sino con abrirla, impulsado por el destino fatal, y encontró una caja de madera, y en ella figuras de árabes llevando como ellos ropas, arcos árabes y espadas ricas en adornos. Hallaron también en la casa un escrito que decía: “Cuando sea abierta esta casa y se entre en ella, gentes cuya figura y aspecto sea como los que aquí están representados invadirán este país, se apoderarán de él y lo vencerán.” Y fue la entrada de los musulmanes en este mismo año.

Aben Alkutiya, descendiente de los descendientes de Witiza, lo explica así: “Cuéntase que los reyes godos tenían en Toledo una casa en la que se guardaba un arca, y en dicha arca se encontraban los Evangelios por los cuales ellos juraban. A esta casa la tenían en gran consideración, y no la solían abrir sino cuando moría un rey y se escribía en ella su nombre. Al llegar a manos de Rodrigo la autoridad real, a pesar de la oposición que el pueblo le hizo, abrió la casa y el arca, encontrándose pintados en ella a los árabes con los arcos pendientes a la espalda y cubiertas sus cabezas con turbantes, y en la parte inferior del arca estaba escrito: “Cuando se abra esta arca y se vean estas figuras, invadirá y dominará a España la gente pintada aquí.”

Ahadith al-imama, que dice saber lo ocurrido por testimonio de un sabio doctor que acompañó a Muza en la conquista de España, explica en su crónica que la casa de las veinticuatro cerraduras fue en la que se encontró la mesa que perteneció a Salomón, hijo de David. Cuenta que Don Rodrigo, en cuyo reinado Dios abrió España a los musulmanes, fue a la misteriosa casa y dijo: “¡Por el Mesías! no puedo contener más mi curiosidad; no quiero morirme sin saber lo que encierra este edificio; abriré sus cerrojos y yo mismo entraré.” Muchos quisieron persuadirle para olvidar su propósito, y le preguntaron: “¡Oh, rey! ¿Qué te propones con abrir este palacio?” Rodrigo contestó: “Mi propósito es ver lo que contiene; estoy devorado por la curiosidad y juré por el Mesías no vivir más tiempo atormentado.” Y al rey replicaron sus consejeros: “Dios sea contigo. No es seguro ni conveniente ir contra las costumbres establecidas por tus ilustres antepasados.

Desiste, pues, de tu loca determinación y añade un cerrojo a la puerta, lo mismo que han hecho tus ascendientes. No dejes que tu pasión te lleve a cometer un acto que tus predecesores consideraron muy peligroso para ellos mismos.” A pesar de las muchas insistencias, sin hacer caso de sus razones, Rodrigo abrió la puerta, y al entrar halló solamente pinturas que representaban guerreros árabes, con una inscripción: “Cuando este palacio se abra, éstos cuya forma, traza y vestidos están aquí, invadirán el país y lo someterán por entero.”

Al-Homaidi, en su crónica, narra así la entrada de Don Rodrigo al misterioso palacio: “Desoyendo las instancias de sus consejeros, marchó Rodrigo inmediatamente hacia el palacio cuya puerta tenía muchos candados, y cada uno con su llave pendiente; mandó quitarlos y cuando la puerta se abrió no vio más que una larga mesa de oro y plata, guarnecida de piedras preciosas, sobre la cual se leía la inscripción siguiente: “Esta es la mesa de Salomón, hijo de David. La paz sobre él.” Otro objeto vio en otro departamento del palacio, también provisto de un candado fuerte que abrió Rodrigo; y cuál sería su asombro el encontrar allí una urna, y dentro de ella un rollo de pergamino y una pintura que representaba con brillantes colores jinetes semejantes en el aspecto a los árabes, que montaban ligeros caballos, y portaban lucientes cimitarras colgando de sus costados, llevando lanzas en sus manos. Rodrigo mandó desenrollar el pergamino, y al hacerlo leyeron sorprendidos la siguiente inscripción en grandes letras: “Cuando este edificio se abra, el pueblo que está pintado en esta urna invadirá España, derribará el trono de los reyes y someterá todo el país.” Dícese que cuando Rodrigo leyó este pronóstico fatal, se arrepintió de lo que había hecho.

En la Crónica del moro Rasis se explica que cuando los guardianes del palacio misterioso invitaron al rey Don Rodrigo a poner su candado en la puerta, el monarca les hizo muchas preguntas sobre aquel palacio, a lo que los guardianes respondieron por extenso, diciendo al rey que cuando Hércules vino a España mandó edificar en Toledo, cimentada sobre cuatro leones de metal, esa casa maravillosa parecida a una cuba que está derecha sobre el témpano, tan alta que muchos hombres intentaron arrojar por encima de ella una piedra, sin poderlo conseguir; y la fábrica exterior era a modo de mosaico polícromo, donde aparecían figuradas diferentes historias. Le explicaron que se ignoraba lo que dentro había encerrado Hércules, quien cerró la puerta con candado, escribió en ella que nadie se atreviera a abrirla, ordenó a todos los reyes que después de él habrían de venir que pusiesen allí sendos cerrojos, y entregó la llave del suyo para su custodia a doce hombres, de los mejores de Toledo, haciendo jurar a los de la ciudad que cuando alguno de los guardianes muriese fuera sustituido por otro.

Sigue la crónica diciendo que Rodrigo, dudando si sería encanto o tesoro lo que dentro hubiese, hizo quebrantar las cerraduras y penetró en el interior del palacio, claro y transparente como el cristal, hecho cual si fuese de una pieza, y dividido en cuatro galerías: una de ellas blanca a par de la nieve, otra muy negra, verde como el limón la tercera, y la cuarta roja cual la sangre. Recorriendo su interior acertaron a ver cierta pilastra con una portezuela, y encima escrito: “Cuando Hércules hizo esta casa andaba la era de Adán de cuatro mil e seis años.” Abrieron, y en el interior había otro letrero: “Esta casa es una de las maravillas de Hércules.” Y había también un arca de plata guarnecida de oro y piedras preciosas, cerrada con candado de aljófar, que mostraba escrito en letras griegas: “El rey que en su tiempo esta arca fuere abierta verá maravillas antes que muera.”

Dice Rasis que, picado por la curiosidad o tentado por la codicia, el rey examinó el fondo del arca; pero no halló más que una tela prendida a dos tablas; y en ella, árabes figurados con sus tocas, y en sus manos lanzas con pendones; y, sobre las figuras, el siguiente pronóstico: “Cuando este paño fuere extendido e aparecieren estas figuras, hombres que andan así armados tomarán e ganarán a España, e serán de ella señores.” Pésale al rey del hallazgo; prohíbe hablar de él a los que allí estaban presentes, y manda cerrar de nuevo las puertas y echar los cerrojos.

Según el autor de quien se inspiró Gutiérre Dias Gamez en su Crónica Vitorial, el rey Don Rodrigo sabía que Hércules pensaba renacer en este mundo, por lo que habría dejado en aquel misterioso palacio encerrados muy grandes algos, como él había sido muy rico y poderoso; y que podría ser que para que no los tomasen los que después de él viniesen, habría puesto aquel temor y apremio. Y dice que el rey Don Rodrigo, pensando allí hallar grandes tesoros, mandó abrir las puertas e no halló cosa de lo que pensaba; mas dicen que halló un arca dentro, metida en lugar escondido, e que estaban dentro de ella tres vasijas de cristal, y que en la una estaba una cabeza de un moro, y en la otra una culebra, y en la otra una langosta, y dicen que había una escritura que decía que guardasen no se quebrasen ninguna de aquellas vasijas; si no, la que quebrasen, por aquella causa sería destruida toda la tierra.

En la Atalaya de las Crónicas, Alfonso Martínez de Toledo incorpora novedades dignas de mención no tanto como de crédito, cuando trata sobre la cueva o palacio del que se venimos hablando. Dice que el rey Don Rodrigo halló en él una estatua de piedra grande echada en una cama, que tenía un rótulo en la mano que decía que en el tiempo de aquel rey que abriesen aquella puerta sería perdida Castilla.

Y también, que halló en el palacio un pilar, de estatura de un hombre alto, y sobre él un arca de cristal no mucho más grande, cerrada con un candado chico de aljófar, y abrióla y halló dentro un paño pintado como de moros a caballo, que decía al pie de este modo: “De estos será la gente que ganarán a España.” E esto visto, pesóle al rey por lo haber abierto, y cerrólo todo como lo halló, y fuese.

Y dicen que descendió luego un águila del cielo con un tizón de fuego en el pico, y púsole sobre aquella cueva y con las alas encendió el lugar con el fuego del tizón, y quemóse toda la cueva e hízose ceniza; y luego vinieron infinidad de aves que las derramaron en lo alto. Y vientos se movieron luego que lanzaron aquellas cenizas por toda España, y a la persona que tocaban se volvía roja como la sangre. Y todos los del reino que esto vieron, supieron y oyeron, fueron maravillados y espantados.

Andando el tiempo, nuevos fabuladores dieron rienda a la imaginación y añadieron remates portentosos a la ya de por sí azarosa leyenda de Don Rodrigo y la casa de los cerrojos, sumando fantasías de calibre tal como la que adelante exponemos, fruto de fabulosas invenciones.

Cuando Don Rodrigo y sus cortesanos entraron en la cueva y conocieron el mensaje de la próxima destrucción de España de manos de los árabes, llenos de asombro y mudos de espanto comprendieron la verdad del misterio que encerraba aquel encantado edificio. El mismo rey no se atrevía a hablar, por miedo de que al eco de su voz se desplomase aquella inmensa torre, aplastándolo entre sus ruinas.

En aquel mismo instante descubrieron sobre un pilar colocado en un extremo de la estancia una estatua de gigante, teniendo en la mano una pesada maza de armas, en ademán de herir con ella el pavimento. Como movida por una fuerza invisible, de repente comenzó aquella gigantesca estatua a golpear el suelo con su terrible maza, y su bronco son conmovió las paredes del palacio. Sonaron de pronto ruidos infernales, que hicieron huir precipitadamente a todos los que allí estaban, mientras la estatua seguía golpeando furiosamente el suelo.

Cuando Don Rodrigo y sus acompañantes se vieron fuera del mágico recinto, elevaron sus miradas al cielo, como para darle gracias, pero enseguida inclinaron sus cabezas con temor. Densas nubes, en cuyas entrañas fermentaba el resoplido de la tempestad, surcaban el aire derramando sobre la tierra sombras oscuras como la misma noche. En un abrir y cerrar de ojos, retumbó con fuerza el trueno, brilló el rayo como culebra de fuego y se encendió el espacio semejando una gran hoguera. Una lengua de fuego se desprendió de las apiñadas nubes y se lanzó precipitadamente a la encantada torre, envolviéndola en roja llamarada. Oyóse un chasquido horroroso y vínose abajo el edificio, abriéndose en su lugar ancha sima en la cual se hundieron sus escombros calcinados. En medio de aquel ruido espantoso se oía claro y distinto el de la maza de armas manejada por el gigante, hiriendo con fuerza las entrañas de la tierra. El rey y los suyos, montando apresuradamente a caballo y poseídos por un pánico incontenible, huyeron de aquel lugar hacia las murallas de la ciudad.

Leyenda extraída del libro “Antología selecta de leyendas toledanas” por Juan Manuel Magán García