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LA PRINCESA GALIANA

De Cristóbal Lozano

Galafre, hijo de la condesa Faldrina, viuda del conde Don Julián, con quien casó en Toledo, se hallaba rey de esta ciudad por muerte de Jusef, su tío. El rey Galafre era muy estimado y querido por todos los ciudadanos, así los de su nación, como los nuestros mozárabes. Y aunque el tirano Abderramán, rey de Córdoba, como más poderoso, solía darle pesadumbre y molestarle con guerras, con todo, Galafre, como esforzado y valiente, defendía con gallardía a los suyos y guardaba la ciudad.

Tenía, pues, este rey una hija dotada de discreción y hermosura; llamábase Galiana, a cuyo hermoso hechizo más de cuatro pretendientes consagraban sus deseos.

El padre, que era quien más la quería, no sabía qué hacerse para tenerla gustosa. Y así, en contemplación suya hizo una famosa huerta a las orillas del Tajo, casi contigua a la ciudad, como se baja por la puente de Alcántara, que hasta el día de hoy conserva el apellido de la Huerta del Rey.

En medio de ella fabricó unos hermosos palacios adornados de jardines, con unos estanques muy artificiosos, pues dicen que subía y bajaba el agua con la creciente y menguante de la luna. Cuando crecía, el agua subía tanta altura que vaciando en unos caños corría por tuberías hasta el palacio que tenía el Rey Moro dentro de la ciudad, que era, dicen, en aquella parte que está hoy el Hospital del cardenal Don Pedro González de Mendoza.

Estos palacios, pues, de cuya suntuosidad sólo quedan hoy desmoronados vestigios y ruinosos paredones, los hizo el rey Galafre retiro delicioso y casa de recreo para la Infanta, su hija, y quiso se apellidasen por ello palacios de Galiana. Habitábalos la Mora con la ostentación y adorno que se debe a una persona real. Muy asistida de damas y visitada de su padre todos los días, pasaba una vida descansada y alegre, si bien unos galanteos de un amante porfiado la molestaban demasiadas veces.

Es el caso que, como la hermosura de Galiana era tanta y tan ilustres sus prendas, dio en galantearla y cortejarla un reyezuelo de Guadalajara, llamado Bradamante, moro agigantado, feroz y valiente. Estaba tan enamorado de ella como ella de él enfadada. Porfiaba el Moro, con todo, sin que le desesperasen los desprecios de Galiana. En fin, él quería, y en la mayor resistencia se avivaba más su amor. Costábale su buen rato de trabajo hablarla y verla, pues desde Guadalajara hasta Toledo abrió camino oculto su cuidado, senda excusada por donde muy en secreto venía a ver y hablar a la idolatrada hermosura, y de allí le quedó el nombre de la senda Galiana.

En estos intermedios sucedió que Carlo Magno, hijo de Pipino, rey de Francia, vino a Toledo; unos dicen que enviado de su padre, para ayudar a Galafre contra el rey de Córdoba, Abderramán; otros, que desavenido de con él, vino como a ampararse del rey moro. Que vino a Toledo es cierto; y que Galafre le agasajó y hospedó con mucha majestad, lo afirman eminentes historiadores. Señalóle aposento al Príncipe, como en casa de más recreo, en los mismos palacios de Galiana, su hija. Y de este modo, el joven Carlo Magno se halló a un mismo tiempo cortejado del rey Galafre y bien visto de la princesa Galiana, con que a poca luz que le dieron sus ojos, se halló preso del hechizo y muy cautiva la voluntad. No fue necesario mediar mucho el trato y correspondencia para hallarse prendados los dos.

Era Carlo Magno un príncipe agradecido, buen talle, lindo brío, valiente, muy galán y, sobre todo, discreto; con que, por más presumida que era Galiana, oyó y escuchó al francés con agrado y con cariño. Él, así como se entendió favorecido del aprecio de Galiana, se empezó a mostrar celosote aquellas secretas visitas que la hacía Bradamante. A los principios, hacía gorda la vista; contentábase con lo que le daban; pero, cuando vio que llevaba la dama de vencida y que casi casi se le daba por suya, entonces se mostró agraviado y muy herido en su amor propio.

La Mora, que estaba ya hasta los ojos hecha una francesa, fuera de que aborrecía a Bradamante, comenzó a confiarle a su amante cuán cansados su padre y ella estaban de aquel galanteo. Diole a entender, en fin, que a él sólo quería, y que gustaría la librase de aquel contratiempo. Carlo Magno, celoso, por una parte, de las finezas del Moro, de su continua porfía; y temeroso, de otra, de que como despreciado y poderoso podría intentar tal vez alguna violencia, trató de desafiarle y retarle.

Hízolo así; riñeron cuerpo a cuerpo con destreza y con valor; y, aunque el Moro era un gigante, quedó por Carlo Magno la victoria. Vencióle en el desafío, cortóle la cabeza y presentósela a Galiana. Recibió el presente muy gustosa, tanto por ver la valentía de su amante, cuanto por verse ya libre del que aborrecía.

Creció el trato, creció el amor, y, entendido Carlo Magno que con hacerla su esposa ella se haría cristiana, pidióla a su padre en casamiento. Galafre, muy alborozado de lo que interesaba, se la concedió con gusto, y con él mismo abrazó la condición de haberse de bautizar y hacerse cristiana.

Era entonces arzobispo de Toledo Cixila; instruyóla muy bien en la fe, bautizóla por su mano, y celebráronse las bodas con mucha solemnidad, fiesta y regocijo.

Luego, Carlo Magno, entendido de la muerte del rey Pipino, su padre, se partió con ella a Francia, donde la coronó por reina y fue recibida de todos con sumas alegrías.

Justa razón es que se conserve en Toledo la memoria, aunque en un viejo edificio, de quien de infanta mora quiso y supo ser reina cristiana.

Leyenda extraída del libro “Antología selecta de leyendas toledanas” por Juan Manuel Magán García