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Colección Roberto Polo

La historia de Toledo dialoga con las vanguardias y el arte contemporáneo

El antiguo convento de Santa Fe acoge la primera sede de la Colección Roberto Polo. Centro de Arte Moderno y Contemporáneo de Castilla-La Mancha

¿Cómo interpretaría Al Ma´mum, rey de la taifa de Toledo, el arte abstracto contemporáneo o de las vanguardias europeas? Les sorprendería conocer lo mucho que comparte y lo bien que dialoga la majestuosa herencia que este soberano islámico dejó entre los muros del convento de Santa Fe, con la obra de los pioneros vanguardistas y el arte contemporáneo más inconformista que hoy albergan.

La Colección Roberto Polo. Centro de Arte Moderno y Contemporáneo de Castilla-La Mancha (CORPO)

Recién instalada en este antiguo convento toledano, es una sabia reflexión del devenir de la historia del arte: al legado de emires, califas y reyes católicos que tejió la arquitectura de este espacio y la ciudad entera de Toledo, se enhebra desde hoy el hilo del arte comprendido entre mediados del siglo XIX y el XXI.

La prensa ha dado en llamarle “la cuarta cultura” de este histórico crisol de las tres culturas (islámica, judía y cristiana),

porque viene la Colección Roberto Polo a cubrir un vacío artístico en la ciudad, vanguardia y contemporaneidad, y a cerrar un círculo que con los Reyes Católicos trajo a estas tierras el arte de los maestros de Flandes, que dio lugar a la edad dorada de la pintura española y que hoy encuentra su cuadratura en los brillantes artistas flamencos que integran la Colección Roberto Polo.

El Paseo del Arte que configuran los grandes museos de Madrid, ha encontrado su prolongación natural en Toledo: apenas 25 minutos de tren distan entre Recoletos y Miradero.

El centro de arte es fruto de un acuerdo entre el gobierno de Castilla-La Mancha y el coleccionista cubano-americano Roberto Polo quien, con la cesión de un total aproximado de 500 obras, por un período renovable de 15 años, pone en marcha un sueño largamente acariciado: que su colección particular (cerca de 7.000 obras) forme parte del acervo cultural del país de sus antepasados.

Su voluntad es de permanencia, de creación artística en su entorno, y de expansión: en un futuro próximo, parte de la colección cedida y aún no expuesta, se trasladará provisionalmente a la Casa Zavala, en Cuenca, a la espera de un asentamiento definitivo en la plaza manchega que es símbolo de la abstracción en España.

A lo largo de unos 8.000 metros cuadrados, la sede de CORPO en Toledo muestra un total de 250 obras de 171 artistas.

Es un recorrido orgánico más que cronológico, que permite apreciar cómo las nuevas manifestaciones artísticas devuelven su espiritualidad a los espacios para ello concebidos, como la iglesia de Santiago, donde se ha instalado un gran Jesucristo doliente (Gesù, del italiano Nino Longobardi), velado por la interpretación mariana de la artista holandesa Maria Roosen (“Red Roosenary”) y el juego de la vida y la muerte en las obras de los también contemporáneos Jan Vanriet, Koen de Cock, Andrew Tift y Carl de Kayzer.

Similar conversación mantienen las dramáticas pinturas de Paul Manes en el sotocoro del convento, que acoge las sepulturas de las religiosas que lo habitaron; y las obras de los italianos Basta y Casanova, del americano Trova y el ruso Kliun con la arquitectura mudéjar que dejó la Orden de Calatrava.

La museografía, obra del arquitecto y Premio Nacional de Restauración y Conservación de Bienes Culturales Juan Pablo Rodríguez Frade, se pinta a continuación de oscuro grana para relatar cómo de las postrimerías del siglo XIX surgen poderosas las vanguardias europeas.

El coleccionista Roberto Polo nos enseña, a lo largo de las sucesivas salas, prolongándose en el piso superior del convento, sus investigaciones sobre la historia del arte del siglo XX. Hay nombres conocidos, como Schmidt-Rottluff, Pechstein, Kandinsky, Schlemmer, Schwitters, Moholy-Nagy o Max Ernst.

Pero más importante es que CORPO, atendiendo al papel pedagógico que ningún museo público debiera olvidar, revela al visitante una larga serie de nombres menos conocidos pero igualmente fundamentales: Joostens, Donas, Peeters, Flouquet, Servranckx, Maes, Eemans, etcétera.

“Este museo no va a cantar la misma canción”,

ha asegurado Roberto Polo. Y añade: “No es otro museo clónico que solamente se ocupa del arte de moda y no, del valor artístico, y donde el visitante ya sabe de antemano lo que va a ver.

Hoy en día se suele olvidar que cuando se inauguró la Phillips Collection, en 1921, que fue el primer museo de arte moderno del mundo, pocos de los artistas cuya obra estaba representada en su colección eran conocidos, si es que alguno lo era.

Y lo mismo puede decirse del Museum Folkwang (1922), primero en Hagen y después en   Essen; del Museum of Modern Art de Nueva York (1929); del Muzeum Sztuki de Łódź (1930) y de la Colección Peggy Guggenheim de Venecia (1951).

Cada uno de estos museos fue fruto de una manera original e individual de ver las artes plásticas y, en no pocas ocasiones, ha desafiado lo establecido y ha propugnado una nueva forma de crear y de ver, reescribiendo así la historia del arte”.

Tal y como hoy CORPO propone, desde la experiencia, el conocimiento y el ojo investigador del historiador y coleccionista cubano-americano, a quien la prensa internacional bautizó en su día como “The Eye”, el ojo erudito que combina razón y sentimiento.

Las vanguardias representadas corresponden a las diversas tendencias pictóricas a las que se adscribieron los más arriesgados artistas de la primera mitad del siglo XX en tierras flamencas, en Europa central, oriental y septentrional, las llamadas

“vanguardias periféricas”,

y también en Estados Unidos. Están presentes las corrientes informalistas (los comienzos de la abstracción, el constructivismo o el neoplasticismo), con predominio tanto de las distintas formas de abstracción, como de los nuevos realismos (neorrealismo, novecento, realismo mágico, neocubismo, neoexpresionismo, figuración lírica, nueva objetividad, precisionismo), sin que falten por supuesto las poéticas del surrealismo.

Hay que mencionar también algunas esculturas y assemblages y una apreciable colección de muebles y objetos de diseño industrial, además de un buen número de dibujos y fotografías. 

La segunda faceta de la Colección Roberto Polo abarca desde el final de la II Guerra Mundial hasta la actualidad –hasta lo que la historiadora Barbara Rose, buena conocedora de esta colección, denomina

“las nuevas fronteras de la experimentación”

– y ofrece un interesante abanico de propuestas.

El grueso de este grupo se inicia en los primeros años de la década de los cincuenta y continúa hasta el siglo XXI, con gran variedad de lenguajes, técnicas y formatos.

Hay un importante conjunto de obras no figurativas, entre las que destacan las de Werner Mannaers, Jaroslaw Kozlowski, Roberto Caracciolo, Thomas Downing, Roberto Pietrosanti, Xavier Noiret-Thomé, Bert Timmermans, Ed Moses o Walter Darby Bannard.

Y un segundo igualmente numeroso que se adscribe a los nuevos caminos de la figuración, aportando piezas de gran interés como las de los mencionados Andrew Tift, Jan Vanriet y Nino Longobardi, además de Annabelle Hyvrier, Tomek Partyka, Karin Hanssen, Peter Van Gheluwe, Sadie Murdoch, Bruno Ceccobelli o Wladimir Moszowski.

Pero no todos los nombres cabrían en estas páginas, como no toda la historia acaecida entre estos muros, que hoy vuelven a abrirse a la contemplación del público, restaurados y puestos en valor, puede escribirse en un día.

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